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Laberinto

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| miércoles, 22 de octubre de 2014
(música de fondo para este post: "No Existes" por Soda Stereo)

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.            
No esperes que el rigor de tu camino
que tercamente se bifurca en otro,
que tercamente se bifurca en otro,
tendrá fin. Es de hierro tu destino             
como tu juez. No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña
de interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
en el negro crepúsculo la fiera.

Jorge Luis Borges

Para una versión del I King

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| sábado, 23 de noviembre de 2013
(música de fondo para este post: "No Importa", por Charly García)

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable
cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja.
No te arredres. La ergástula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro
puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como una flecha.
Pero en las grietas está Dios, que acecha.

Jorge Luis Borges, “La Moneda de Hierro”, 1975

H.O.

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| martes, 13 de noviembre de 2012
(música de fondo para este post: "Dejaré que el tiempo me alcance", por Daniel Melero)

En cierta calle hay cierta firme puerta
con su timbre y su número preciso
y un sabor a perdido paraíso,
que en los atardeceres no está abierta
a mi paso. Cumplida la jornada,
una esperada voz me esperaría
en la disgregación de cada día
y en la paz de la noche enamorada.
Esas cosas no son. Otra es mi suerte:
Las vagas horas, la memoria impura,
el abuso de la literatura
y en el confín la no gustada muerte.
Sólo esa piedra quiero. Sólo pido
las dos abstractas fechas y el olvido.


Jorge Luis Borges, "La Cifra"

Milonga del Muerto

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| lunes, 2 de abril de 2012

(música de fondo para este post: "The Gunner's Dream", por Pink Floyd)


Lo he soñado en esta casa
entre paredes y puertas.
Dios les permite a los hombres
soñar cosas que son ciertas.

Lo he soñado mar afuera
en unas islas glaciales
Que nos digan lo demás
la tumba y los hospitales

Una de tantas provincias
del interior fue su tierra.
(No conviene que se sepa
que muere gente en la guerra).

Lo sacaron del cuartel,
le pusieron en las manos
las armas y lo mandaron
a morir con sus hermanos.

Se obró con suma prudencia,
se habló de un modo prolijo.
Les entregaron a un tiempo
el rifle y el crucifijo.

Oyó las vanas arengas
de los vanos generales.
Vio lo que nunca había visto,
la sangre en los arenales.

Oyó vivas y oyó mueras,
oyó el clamor de la gente.
Él sólo quería saber
si era o si no era valiente.

Lo supo en aquel momento
en que le entraba la herida.
Se dijo 'No tuve miedo'
cuando lo dejó la vida.

Su muerte fue una secreta victoria.
Nadie se asombre
de que me dé envidia y pena
el destino de aquel hombre.


Jorge Luis Borges, "Los Conjurados"

La Trama Terrestre

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| lunes, 11 de julio de 2011

(música de fondo para este post: "Perfect Symmetry", por Keane)


"Al destino", escribe Borges en El Hacedor, "le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías". Según esto, parece razonable que diecinueve siglos después de morir Cayo Julio César acuchillado en el Capitolio, un paisano de la provincia de Buenos Aires repita, en una inimaginada variante del latín, pero con la misma tristeza en la entonación, la enormidad de ver a un entenado suyo entre los que lo apuñalan (...)
Yo cumplí hasta acá la decencia elemental de hacer notar que repito una página ajena. O dos, porque lo que sigue recuerdo haberlo leído en un libro de Fucik. Su magia anticipa la de Borges, pero duplica la realidad, no la literatura.
Checoslovaquia había sido invadida. Una trabajadora analfabeta, sin saber que repetía el más célebre de los epitafios griegos, pronunció al morir estas últimas palabras: "Patrón, diga a los de afuera que no me lloren ni se dejen aterrorizar por esto. Hice lo que me ordenaba mi deber de obrera y muero por eso". Lo cuenta Julius Fucik, en Reportaje al pie del patíbulo, y agrega que la mujer no podía imaginar que eso ya estaba dicho desde mucho antes. Estaba dicho desde veinticinco siglos atrás, en el epitafio a los espartanos muertos en las Termópilas: "Peregrino, anuncia a los lacedemonios que aquí yacemos muertos, como la patria lo ha ordenado".
Y a mi me parece que está bien. Trescientos guerreros espartanos muertos, pienso yo, merecían un epitafio como esas palabras que el poeta Simónides de Ceo recordó haber oído, en el porvenir, en boca de una sirvienta analfabeta.

Abelardo Castillo, "Las palabras y los días"

Cristo en la Cruz

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| viernes, 12 de marzo de 2010

(música de fondo para este post: "The Final Cut", por Pink Floyd)

Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra.
Los tres maderos son de igual altura.
Cristo no está en el medio. Es el tercero.
La larga barba pende sobre el pecho.
El rostro no es el rostro de las láminas.
Es áspero y judío. No lo veo
y seguiré buscándolo hasta el día
último de mis pasos por la tierra.
El hombre quebrantado sufre y calla.
La corona de espinas lo lastima.
No lo alcanza la befa de la plebe
que ha visto su agonía tantas veces.
La suya o la de otro. Da lo mismo.
Cristo en la cruz. Desordenadamente
piensa en el reino que tal vez lo espera,
piensa en una mujer que no fue suya.
No le está dado ver la teología,
la indescifrable Trinidad, los gnósticos,
las catedrales, la navaja de Occam,
la púrpura, la mitra, la liturgia,
la conversión de Guthrum por la espada,
la Inquisición, la sangre de los mártires,
las atroces Cruzadas, Juana de Arco,
el Vaticano que bendice ejércitos.
Sabe que no es un dios y que es un hombre
que muere con el día. No le importa.
Le importa el duro hierro de los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado. (esa sentencia
la escribió un irlandés en una cárcel.)
El alma busca el fin, apresurada.
Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.
Anda una mosca por la carne quieta.
¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?

Jorge Luis Borges, Los Conjurados (1985)

Renuncias

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| viernes, 26 de febrero de 2010

(música de fondo para este post: "Si te Vas", por Alfredo Zitarrosa)

renunciar. 1. ‘Hacer dejación o privarse voluntariamente de algo’ (Real Academia Española Diccionario Panhispánico de Dudas - Primera edición)
Una renuncia puede ser muchas cosas. Inicialmente uno tiende a asociarlo con un telegrama, una nota, o una carta, con lo cual cabe preguntarse si no se trata en alguna medida de un género literario. Aunque claro, renunciar es también irse de unos lugares (físicos o de los otros), sea porque sucede que preferimos otros, sea porque de pronto nos encontramos con que ya no nos pertenecen, sea porque llueve.
Toda renuncia es, también, una decisión íntima y personal, ya que en ella interviene la voluntad... bueno, siempre y cuando nuestra voluntad no esté jaqueada por otros, supongo...
Cualquier elección implica necesariamente renuncias múltiples: pedir un helado de dulce de leche es renunciar a los otros setenta y cuatro gustos disponibles que minuciosamente hemos revisado antes de tomar la compleja decisión. Para quien esto garabatea, esta idea es intolerable y angustiosa.
Que a uno "le pidan la renuncia" es, además de una contradicción, un eufemismo de dudosa eficacia.
Algo más: En "Tres Versiones de Judas" de Borges, el teólogo Niels Runeberg interpreta la traición de Judas como una renuncia: "(...) fue uno de los apóstoles, uno de los elegidos para anunciar el reino de los cielos, para sanar enfermos, para limpiar leprosos, para resucitar muertos y para echar fuera demonios (Mateo 10: 7-8; Lucas 9: 1). Un varón a quien ha distinguido así el Redentor merece de nosotros la mejor interpretación de sus actos. Imputar su crimen a la codicia (como lo han hecho algunos, alegando a Juan 12: 6) es resignarse al móvil más torpe. Niels Runeberg propone el móvil contrario: un hiperbólico y hasta ilimitado ascetismo. El asceta, para mayor gloria de Dios, envilece y mortifica la carne; Judas hizo lo propio con el espíritu. Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de los cielos, como otros, menos heroicamente, al placer." Y recibe de uno de sus refutadores esta respuesta: "Borelius interroga con burla: ¿Por qué no renunció a renunciar? ¿Porqué no a renunciar a renunciar?".
Dicho esto, renuncio.

Descartes

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| miércoles, 3 de febrero de 2010
(música de fondo para este post: "Division" por Moby)

Soy el único hombre en la tierra y acaso no haya tierra ni hombre.
Acaso un dios me engaña.
Acaso un dios me ha condenado al tiempo, esa larga ilusión.
Sueño la luna y sueño mis ojos que perciben la luna.
He soñado la tarde y la mañana del primer día.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.
He soñado a Lucano.
He soñado la colina del Gólgota y las cruces de Roma.
He soñado la geometría.
He soñado el punto, la línea, el plano y el volumen.
He soñado el amarillo, el azul y el rojo.
He soñado mi enfermiza niñez.
He soñado los mapas y los reinos y aquel duelo en el alba.
He soñado el inconcebible dolor.
He soñado mi espada.
He soñado a Elizabeth de Bohemia.
He soñado la duda y la certidumbre.
He soñado el día de ayer.
Quizá no tuve ayer, quizá no he nacido.
Acaso sueño haber soñado.
Siento un poco de frío, un poco de miedo.
Sobre el Danubio está la noche.
Seguiré soñando a Descartes y a la fe de sus padres.

Jorge Luis Borges, "La Cifra", 1981
 

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