(música de fondo para este post: "Baile de los Pobres", por Calle 13)
Todos conocemos esos juicios, que no son sólo palabras en una charla de café: al parecer, los desempleados "abusan" de los derechos sociales, los pobres son "casos sociales", los jóvenes de los suburbios "prefieren" los tráficos ilícitos al trabajo, los migrantes "malversan" las prestaciones sociales, etc. En resumen, las víctimas de las mayores desigualdades merecen su suerte y no son verdaderas víctimas, a pesar de que esas grandes desigualdades chocan con nuestros principios. Toda vez que esas víctimas estén un tanto alejadas en lo social y provengan geográficamente de otra parte, el sentimiento de solidaridad se extingue frente al rigor de la sospecha meritocrática.
La crítica social realizada en nombre de la igualdad tropieza con la crítica social del mérito, según la cual las víctimas de las desigualdades más flagrantes son presuntamente responsables de su suerte. Desde la década de 1970 las investigaciones nacionales e internacionales indican que el porcentaje de quienes explican la pobreza por las conductas y la cultura de los pobres no deja de aumentar. La tendencia a culpar a las víctimas se consolida: las encuestas muestran que muchos ciudadanos no desean pagar por aquellos que, a su juicio, no lo merecen (...)
Esta economía moral se despliega en toda la sociedad. No imaginemos que las clases populares son indulgentes respecto de quienes están situados debajo de ellas. La economía moral del mérito siempre termina por culpar a las víctimas y por designar los "casos sociales" y a los "inmigrantes" como aprovechadores. De víctimas, estos pasan a ser chivos expiatorios.
Francois Dubet, "¿Por Qué Preferimos la Desigualdad? (aunque digamos lo contrario)"
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Uniferencia
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viernes, 1 de abril de 2016
(música de fondo para este post: "AirportMan" por R.E.M.)
El vuelo hizo escala en el aeropuerto Guarulhos. Había unas horas de espera, así que para matar el tiempo decidió hacer un recorrido por la terminal, a la que llegaba por primera vez. Como todo buen explorador burgués, erró despreocupado por los amplios corredores, las escaleras mecánicas, las zonas de embarque, el free shop, los bares. No había en aquel lugar nada distinto de cualquier otro similar. Más tarde, ya sentado a la mesa de un bar y mientras sorbía un té (que calculaba había pagado cuatro o cinco veces más de lo que costaría en cualquier otro sitio de la ciudad), pensó que al fin de cuentas todos los aeropuertos son iguales. Como los shoppings. Como los cines. Como las calles peatonales de las grandes ciudades. Como los restaurantes japoneses. Como los recitales masivos de rock. Como los delanteros paraguayos. Como tantas otras cosas o lugares o actitudes. Lo que le resultaba extraño es que esta tendencia a la uniformidad fuera producto de una humanidad que reclama a los gritos su derecho a la diferencia.
El vuelo hizo escala en el aeropuerto Guarulhos. Había unas horas de espera, así que para matar el tiempo decidió hacer un recorrido por la terminal, a la que llegaba por primera vez. Como todo buen explorador burgués, erró despreocupado por los amplios corredores, las escaleras mecánicas, las zonas de embarque, el free shop, los bares. No había en aquel lugar nada distinto de cualquier otro similar. Más tarde, ya sentado a la mesa de un bar y mientras sorbía un té (que calculaba había pagado cuatro o cinco veces más de lo que costaría en cualquier otro sitio de la ciudad), pensó que al fin de cuentas todos los aeropuertos son iguales. Como los shoppings. Como los cines. Como las calles peatonales de las grandes ciudades. Como los restaurantes japoneses. Como los recitales masivos de rock. Como los delanteros paraguayos. Como tantas otras cosas o lugares o actitudes. Lo que le resultaba extraño es que esta tendencia a la uniformidad fuera producto de una humanidad que reclama a los gritos su derecho a la diferencia.
Por un Imaginario de la Fraternidad
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domingo, 15 de noviembre de 2015
(música de fondo para este post: "Los Hermanos", de Atahualpa Yupanqui por Mercedes Sosa)
Los movimientos políticos que se remiten a la igualdad de unos y la exclusión de otros mediante la recomposición de un imaginario comunitario arcaico nos obligan a definir nuevas políticas de solidaridad. Esas políticas (...) no deben tampoco ignorar que la igualdad implica un imaginario de la fraternidad. Es imperativo no abandonar el tema de la fraternidad en manos de los enemigos de la igualdad o los enemigos de la democracia (...)
En una sociedad plural donde las culturas y los individuos esperan que se los reconozca como autónomos y singulares, es imprescindible construir los espacios y las escenas que nos permitan decir lo que tenemos en común, a fin de aceptar nuestras diferencias. Sin ese trabajo, nada nos protegerá del peor de los escenarios: la alianza del conservadurismo cultural y el liberalismo económico, como preparación para el retorno de unas desigualdades sociales que creíamos desaparecidas para siempre.
Francois Dubet, "¿Por qué preferimos la desigualdad? (aunque digamos lo contrario)"
Los movimientos políticos que se remiten a la igualdad de unos y la exclusión de otros mediante la recomposición de un imaginario comunitario arcaico nos obligan a definir nuevas políticas de solidaridad. Esas políticas (...) no deben tampoco ignorar que la igualdad implica un imaginario de la fraternidad. Es imperativo no abandonar el tema de la fraternidad en manos de los enemigos de la igualdad o los enemigos de la democracia (...)
En una sociedad plural donde las culturas y los individuos esperan que se los reconozca como autónomos y singulares, es imprescindible construir los espacios y las escenas que nos permitan decir lo que tenemos en común, a fin de aceptar nuestras diferencias. Sin ese trabajo, nada nos protegerá del peor de los escenarios: la alianza del conservadurismo cultural y el liberalismo económico, como preparación para el retorno de unas desigualdades sociales que creíamos desaparecidas para siempre.
Francois Dubet, "¿Por qué preferimos la desigualdad? (aunque digamos lo contrario)"




