Conversaciones con Helmholtz

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| martes, 1 de diciembre de 2009

(música de fondo para este post: "La mirada de Freud", por Luis Alberto Spinetta)

El doctor Helmholtz, que ahora tiene casi noventa años de edad, fue contempóraneo de Freud, un pionero del pisoanálisis y el fundador de la escuela de psicología que lleva su nombre. Quizá su mayor fama se deba a sus investigaciones sobre el comportamiento humano en las que probó que la muerte es una característica congénita. Helmholtz vive en una residencia de campo en Lausanne, Suiza, con su criado, Hrolf, y su perro danés, Rholf. Pasa la mayor parte del tiempo escribiendo; en este momento, está revisando su autobiografía con el propósito de incluirse en la misma.(...)
Hablamos sobre el psicoanálisis contempóraneo, al que Helmholtz considera un mito mantenido con vida por la industria del sofá.
-¡Estos analistas modernos! ¡cobran fortunas! en mis tiempos, por cinco marcos, el mismo Freud te trataba. Por diez marcos, te trataba y te planchaba los pantalones. Por quince marcos, Freud permitía que tú lo trataras a él, y eso incluía una invitación a comer.(...) Si uno de nosotros no podía curar a un paciente en seis meses , le devolvíamos el dinero, lo llevábamos a ver una revista musical y le regálabamos un plato de caoba para frutas o un juego de cuchillos de acero inoxidable. Recuerdo que siempre se podía saber con qué pacientes había fracasado Jung porque les regalaba grandes osos de peluche. (...)

Woody Allen, "Para acabar con el psicoanálisis", fragmento.

Desintegración

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| miércoles, 25 de noviembre de 2009
(música de fondo para este post: "Lullaby", por The Cure)

Al principio, fue una sensación. Un vacío interno, el cosquilleo que precede al adormecimiento, los miembros y los órganos en retirada (aunque entonces yo no lo sabía). Fuera de esto, que convengamos no es gran cosa, la vida (si se la puede llamar así) era normal. El trabajo, los pocos amigos, el aburrimiento, la soledad. De vez en cuando unas canciones arrancaban una sonrisa, y entonces no había más que pensar en que, increíblemente, mañana podía ser mejor (pero no). Y todos los días así, sólo que aquella sensación se profundizaba, tanto que decidí ir a un médico que luego de revisarme de arriba a abajo dijo: "relájese, descanse un poco más y no se haga tanto problema, ¿entendió?"; como no quise contradecirlo le dije que sí, le agradecí y me fui. Empecé a tomar té de tilo, que dicen que calma, aunque yo no me di cuenta. Bueno, para no dar tanta vuelta, al final sucedió. Alguna vez tenía que suceder, supongo. Ya saben, uno va caminando pensando en vaya a saber qué, y de pronto chan! el vacío, el cosquilleo, la retirada, la pared donde apoyarse hasta que pase el mareo, alguien que se acerca a preguntar, gracias, no es nada, ya pasó, gracias... sólo que esta vez no pasó. Llegó el ardor y después la sangre, y el meñique de la mano derecha como si alguien lo hubiera cortado con un cuchillo mal afilado. Uno siempre tiende a creer en las pesadillas, en la falta de sueño, en la locura. Pero no. Desde la más grosera realidad, mi mano se empezó a disolver, lenta pero inexorable(mente). Los médicos, vaya novedad, ya no saben que hacer, pero por las dudas me dan unas temibles pócimas que me parece no hacen sino acelerar el proceso, aunque yo no sé nada de esto, así que lo más seguro es que esté equivocado. A este paso, calculo que para dentro de un mes no tendré más mano derecha, y en seis meses me habré quedado sin brazo, pero quien puede saber como sigue esto. Aunque siempre fui cobarde, me lo he tomado con bastante calma (¿o serán lo sedantes?). Mi único temor es al dolor, que por cierto es bastante desagradable. De vez en cuando pienso en algunas cosas, y me pongo un poco triste. A lo mejor pienso demasiado.

Alucinaciones

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| domingo, 15 de noviembre de 2009

(música de fondo para este post: Sonata para piano Nº14, Primer Movimiento, de Beethoven)

El ingeniero Bruno Ferrantes se había vuelto loco en 1963, cuando extravió un billete premiado.
En realidad, su conducta era vulgarmente razonable, salvo por Adela, su novia imaginaria. El ingeniero iba a las confiterías perfectamente solo. Pedía dos copetines y charlaba con una silla vacía. Pagaba entradas superfluas en los teatros, compraba fiambre de más y sorprendía a los bailarines del salón La Argentina con solitarios pasos de tango.
Un día, Ferrantes empezó a pasear en silencio y con las manos en el bolsillo. Los vecinos conjeturaron que había egresado de la demencia. Sin embargo, Ferrantes le confesó a un mozo del Imperio de Chacarita que Adela lo había dejado.
Su vida continuó normalmente, pero con una enorme pena.Una pena real que lo acompañó hasta su muerte, ocurrida dos meses después.
Manuel Mandeb y sus amigos estuvieron tentados de encargar un ramo de flores con una cinta que dijera "Adela". Pero enseguida se avergonzaron de aquella extravagancia.
De todos modos, al velorio no fue nadie.

Alejandro Dolina, Alucinaciones (fragmento)

El Destino

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| miércoles, 11 de noviembre de 2009
(música de fondo para este post: "Against the Wind", por Bob Seger & The Silver Bullet Band )

Ahí vamos, derechito hacia nuestro destino, sin obstáculos. Como en las tragedias de los héroes griegos, todo lo que hacemos para escapar no hace más que confirmarnos en el camino. Sólo que, por si no se han dado cuenta, no somos griegos, y mucho menos héroes. Estamos ahora sentados sobre las piedras, en silencio, con la cara de espanto propia de los que descubren, al fin, la verdad. Hemos andado duro por la sierra, por los llanos, por el mar. Todo ha sido en vano. Somos esta extraña caravana de vueltas al lugar. De tanto en tanto, un mate quiere distraer la pena. Calculo que en un par de horas reemprenderemos el viaje. Entonces, como siempre, alguien preguntará "¿al final, donde carajo está el destino?". Todos nos volveremos hacia él con miradas torvas, más que nada para no molerlo a palos, y seguiremos la huella, en silencio. Yo podría decirle que el destino está en marcas de la infancia, en palabras que nunca dijimos, en miradas de otros que fulminan, en amores que nunca llegan... pero que más da, supongo que no me va a entender, y además ya estamos andando y falta tanto todavía.

Correspondencias

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| martes, 27 de octubre de 2009

(música de fondo para este post: "Please Mister Postman" por The Beatles)

En los últimos meses de su vida, acaso intuyendo el final y acosado por la culpa, el célebre músico finés Walter Bhrön intentó recomponer su relación con su antigua prometida Lisa Ackerman, a quien había abandonado el día anterior a su boda, escapando con una bailarina de la Opera de Helsinki. Insistente, Walter le envió a Lisa más de 2000 cartas, ninguna de las cuales recibió contestación. Los biógrafos de Bhrön no se ponen de acuerdo; mientras algunos afirman que Lisa recibió y tiró a la basura todos y cada uno de los mensajes enviados por el músico, otros sostienen que esto es más bien imposible, entre otras cosas porque Lisa llevaba muerta ya dos años al momento del envío de la primera misiva. Veamos que tiene para decir Erick Frauln, amigo y confidente del gran maestro: "Aaaaaah, las cartas... hubiera empezado por ahí... en verdad, Walter no tenía ni idea de donde se encontraba Lisa para esa época, de modo que las primeras fueron enviadas al domicilio de la vieja casa de los Ackerman. Desalentado por la falta de respuestas, con la astucia que lo caracterizaba el maestro supuso que Lisa ya no vivía ahí, por lo que, ignorante de su paradero como era, empezó a enviarlas a cualquier dirección, al principio con la ingenua esperanza de que alguna llegara a manos de su querida, al final más por joder que por otra cosa..." Años más tarde, coleccionistas y admiradores de Bhrön lograron recuperar algunas de estas misivas, que se encontraban en manos de campesinos de la Manchuria, modistas de la Italia Meridional, y cosecheros de naranjas de la provincia de Corrientes, en Argentina. Sobre el particular, el director del museo Bhrön, Conrad Anush, confesó: "tuvimos suerte de que esta gente haya adherido a la costumbre de guardar cualquier porquería..."
 

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