Sin Tiempo

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| miércoles, 14 de septiembre de 2011

(música de fondo para este post: "Tiempo sin sueños", por David Lebón)


El niño eterno mide su angustia y comprende que es la falta tiempo.
Entonces, revisa sus bolsillos.
Encuentra las cosas que hace, pero no las que quisiera hacer.
Trata de recordar si las puso en algún lugar, pero no tiene tiempo.
Se sienta y escribe un proyecto de ley para agregarle horas al día.
Aclara que esta adición deber hacerse sin reducir la cantidad de días que nos ha tocado en suerte.
Las cámaras lo reciben, y no lo tratan por falta de tiempo.
Una mujer rechaza su amor. Le explica que su tiempo (el de él) ya pasó.
En la pared hay un reloj detenido.
Se pregunta si no habrá guardado las cosas ahí.
Si entre esos complejos mecanismos de relojería no estarán las palabras que no dijo, las historias que no ha vivido, la cuenta del gas que se venció la semana pasada.
Por las dudas no lo desarma.

El Sufrimiento

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| martes, 16 de agosto de 2011


(música de fondo para este post: "Always Suffering", por The Rolling Stones)

El sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo que, condenado a la decadencia y a la aniquilación, ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; del mundo exterior, capaz de encarnizarse en nosotros con fuerzas destructoras omnipotentes e implacables; por fin, de las relaciones con otros seres humanos. El sufrimiento que emana de esta última fuente quizá nos sea más doloroso que cualquier otro; tendemos a considerarlo como una adición más o menos gratuita, pese a que bien podría ser un destino tan ineludible como el sufrimiento de distinto origen.
No nos extrañe pues, que bajo la presión de tales posibilidades de sufrimiento, el hombre suela rebajar sus pretensiones de felicidad(como por otra parte, también el principio del placer se transforma, por influencia del mundo exterior, en el más modesto principio de la realidad); no nos asombre que el ser humano ya se estime feliz por el mero hecho de haber escapado a la desgracia, de haber sobrevivido al sufrimiento; que en general, la la finalidad de evitar el sufrimiento relegue a segundo plano la de lograr el placer.

Sigmund Freud, "El Malestar en la Cultura"

La Felicidad jaja jaja

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| martes, 9 de agosto de 2011

(música de fondo para este post: "Hapiness is a Warm Gun", por The Beatles)


¿qué fines y propósitos de vida expresan los hombres en su propia conducta; qué esperan de la vida, qué pretenden alcanzar de ella? Es difícil equivocar la respuesta: aspiran a la felicidad, quieren llegar a ser felices, no quieren dejar de serlo. Esta aspiración tiene dos fases: un fin positivo y otro negativo: por un lado, evitar el dolor y el displacer; por el otro, experimentar intensas sensaciones placenteras. En sentido estricto, el término "felicidad" sólo se aplica al segundo fin (...).Lo que en el sentido más estricto se llama felicidad surge de la satisfacción, casi siempre instántanea, de necesidades acumuladas que han alcanzado elevada tensión, y de acuerdo con esta índole, sólo puede darse como fenómeno episódico. Toda persistencia de una situación anhelada por el principio del placer sólo proporciona una sensación de tibio bienestar, pues nuestra disposición no nos permite gozar intensamente sino el contraste, pero sólo en muy escasa medida lo estable. Así, nuestras facultades de felicidad están ya limitadas en principio por nuestra propia constitución.

Sigmund Freud, "El malestar en la cultura"

La Muerte de la Verdad

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| viernes, 22 de julio de 2011
(música de fondo para este post: "Las Cuarenta", por Charlo)

Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralo de datos no combustibles, lánzales encima tantos "hechos" que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como la Filosofía o la Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino, se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y , en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trate de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario.

Ray Bradbury, "Farenheit 451"

La Trama Terrestre

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| lunes, 11 de julio de 2011

(música de fondo para este post: "Perfect Symmetry", por Keane)


"Al destino", escribe Borges en El Hacedor, "le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías". Según esto, parece razonable que diecinueve siglos después de morir Cayo Julio César acuchillado en el Capitolio, un paisano de la provincia de Buenos Aires repita, en una inimaginada variante del latín, pero con la misma tristeza en la entonación, la enormidad de ver a un entenado suyo entre los que lo apuñalan (...)
Yo cumplí hasta acá la decencia elemental de hacer notar que repito una página ajena. O dos, porque lo que sigue recuerdo haberlo leído en un libro de Fucik. Su magia anticipa la de Borges, pero duplica la realidad, no la literatura.
Checoslovaquia había sido invadida. Una trabajadora analfabeta, sin saber que repetía el más célebre de los epitafios griegos, pronunció al morir estas últimas palabras: "Patrón, diga a los de afuera que no me lloren ni se dejen aterrorizar por esto. Hice lo que me ordenaba mi deber de obrera y muero por eso". Lo cuenta Julius Fucik, en Reportaje al pie del patíbulo, y agrega que la mujer no podía imaginar que eso ya estaba dicho desde mucho antes. Estaba dicho desde veinticinco siglos atrás, en el epitafio a los espartanos muertos en las Termópilas: "Peregrino, anuncia a los lacedemonios que aquí yacemos muertos, como la patria lo ha ordenado".
Y a mi me parece que está bien. Trescientos guerreros espartanos muertos, pienso yo, merecían un epitafio como esas palabras que el poeta Simónides de Ceo recordó haber oído, en el porvenir, en boca de una sirvienta analfabeta.

Abelardo Castillo, "Las palabras y los días"
 

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